Entrega dos de por qué me encanta portear. Ventajas del porteo.

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Si, ojos, esa es la palabra que escuche de todos los que veían a mi chiquito por primera vez, – ¡mira esos ojos!- , y como mamá gallina diré si los tiene hermosos me enamoraron desde que me dirigió su primera mirada buscándome, teniendo nuestra primera cita inmediatamente después de su nacimiento.

Pero además de su color a veces gris, a veces verde, a veces café clarito y su forma pizpireta, igualita a la del papá, misma que sé me traerá muchos problemas o muchas niñas a la casa en su adolescencia, lo que me enamora más es su mirada, esa que muchos grandes ya perdimos esa mirada de asombro, de hambre por aprender cosas, por observar todo, analizarlo, y saben, me urge que hable para que me cuente todo lo que siente cuando mira.

Es por eso que me gusta dejarlo mirar y traerlo en brazos lo hace mirar más cosas, las cosas que están a mi perspectiva, y así;  asomarse por las ventanas y despedir a papá, mirarse en el espejo del baño y reírse con el niño que siempre está ahí dentro, hacer la cabecita a un lado para ver que hay en las repisas, encontrar una cajita de música y darme la orden de que la ponga a funcionar.

Esa miradita es la razón por la que me divierto tanto y por la que me volví curiosa y enamorada de buscar la forma de colgármelo y permitirle tener la misma vista del mundo que yo tengo, y es que mi chiquito viaja en fular, en mei tai y en el rebozo de la bisabuela.

Me emociona saber que está observando mis manos y lo que hago, que está escuchando mi voz cerquita y que se sabe importante y especial porque “jalo” con él “pa” todos lados esquivando miradas de curiosidad, de ternura o las que dicen lo vas a malacostumbrar.

Mi bebé ya comienza a gatear y le emociona también ver el mundo a su altura, pero no deja de pedir que lo alce cuando ya se cansó, cuando tiene sueño o cuando se acordó que necesita un ratito más de mamá (seguridad) para lanzarse a explorar de nuevo, ahí es dónde encuentro la magia de los trapos y nudos, y es que cuando un chiquitín ya pesa más de 10 kg y además hay trastes que lavar o un mail que escribir, pero quieres abrazar a tu chamaco, entonces te lo amarras.

Para los fines de semana el fular, el mei tai o el rebozo son los primeros en subirse al coche, listos para atar a mi chamaco pero ahora a la espalda o la cadera de su papá y así dejarle ver el mundo desde más arriba y acompañarlo en más aventuras que con mamá.

Aún me falta camino por recorrer con mi chamaco y mis telas, seguro que también las heredaré a otro pequeñ@, pero mientras me emociona pensar en cómo un rebozo podrá ayudarme a no destruir mi cadera cuando mi niño dé sus primeros pasos, de cómo el fular se puede convertir en un espacio seguro en dónde contenerlo cuando el mundo sea demasiado para él o de cómo me lo trepare a mi muchacho preescolar cuando este cansado para caminar.

Así que mi pequeño, sigue asombrándote del mundo, igual que yo contigo.

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